18 ene. 2008

El rey de los gatos (p.1-2)

Cuentan que allá por los años 40 -en plena posguerra-, comenzó a extenderse entre los ciudadanos de la capital el rumor sobre la existencia de una nueva jerarquía hasta el momento ignorada. Sus milicias contaban con cientos, luego miles de ellos. Estudiaban apuradamente el objetivo, arrasando con todo lo que encontraban, sin dejar rastro de su presencia.

Nadie sospechaba nada hasta que realmente se empezó a pasar verdadero hambre: cuando un padre mira con vergüenza a su hijo por no poder ofrecerle nada mejor que un chusco de pan; cuando un hermano envidia al otro por elegir el bando ganador; cuando los ideales se distorsionan, los principios morales se desvanecen y la realidad supera cualquier ficción, es entonces cuando aflora nuestra bestia interior.

El rey de los gatos (p.3-4)

Una noche en el centro de la ciudad, en cualquier sótano de la casa de cualquier hombre, se había concertado una reunión clandestina de más de cincuenta hombres y mujeres. Demasiados y demasiado nerviosos y hambrientos, seres frustrados con convicciones lo suficientemente arraigadas y desbocadas como para que alguien intentase detenerlos saliendo impune. Sin embargo ese alguien lo intentó.

-¡No puedo dar crédito a lo que estoy escuchando! ¿De verdad creéis lo que decís?- se pronunció uno de los más jóvenes de los que allí se hallaban. -Me parece impensable que desconfiéis de unos simples animales-.

-Yo los he visto. Se organizan para robarnos la comida, hacen turnos para vigilar las casas. Cuando salimos entran y saquean lo poco que tenemos- dijo una voz de mujer desde el fondo de la sala.

El rey de los gatos (p.5-6)

Era difícil hacerse escuchar entre aquel jaleo de voces, aún así se esforzó una vez más para convencer al irritado pueblo. -Pero qué es lo que buscáis, exterminarlos a todos si queréis, pero vuestra hambre será la misma- prosiguió, acallando a las voces más fuertes -¿qué es lo siguiente que haremos? ¿Comérnoslos?. No son los gatos los que nos quitan nuestros derechos, ni vuestra comida...-.

-Basta de discursos, chaval, y deja ya de defender a esas criaturas del diablo, se extienden como una plaga, ¡son peores que las ratas!- interrumpió el antiguo cura, con voz ronca-. Además, todos hemos visto como les das de comer en los callejones- a esto le siguió un “¡es cierto!” casi unánime.-Seguro que tú sabes donde se esconden-. Esa acusación cogió desprevenido al joven. Se quedó durante unos segundos sin palabras, tiempo suficiente para que algunos hombres se le fueran acercando lentamente con arduas intenciones.

El rey de los gatos (p.7-8)



Entonces sucedió, un ruido en el otro extremo del sótano los alarmó, unas latas se habían caído de la estantería. Acto seguido un grito -¡es uno de ellos!-y un disparo que rebotó en una cacerola de hierro. Los silbidos de la bala perdida dieron comienzo a la cacería. El cura se giró hacia el chico,–¡Tú los has avisado, traidor!-. Pero el chico ya no estaba.-¡Id tras él!-. La bestia se desató.

Todos, descontrolados, atropellándose los unos a los otros, comenzaron a perseguir al gato escalera arriba. Todos menos uno, el chico había aprovechado la confusión para escapar por un ventanuco que tenía detrás. Corría con todas sus fuerzas, bien por despistar a aquellos improvisados cazadores nocturnos o por escapar de la guardia, que , después del escándalo, sin duda alguna habría dado la alarma.

El rey de los gatos (p.9-10)

Parecía ir sin rumbo, desorientado, sin mirar atrás. El miedo es el peor aliado cuando se trata de pensar con claridad, así que el chico se detuvo en un callejón. Aún escuchaba los disparos de aquellos ciudadanos fuera de sí, “¡Ya tenemos otro!”. Pasaron de largo el callejón, el chico se había escondido entre cartones y periódicos viejos. Lo último que pudo escuchar fue un “¡Alto!” y a continuación, teniendo en cuenta en el estado que se encontraban los cazadores, un inevitable “¡Disparen!”. La “revuelta” se había sofocado, al menos por el momento.

El rey de los gatos (p.11-12)


De nuevo el silencio de la noche. Por el callejón apareció el gato que minutos antes había interrumpido la congregación, andaba cojo –alguna bala le había atravesado una pata-. El joven buscó en uno de sus bolsillos, se agachó estirando una mano en la que llevaba un higo maduro, abierto. Al gato le fascinó aquel regalo, se relamió los bigotes y no opuso resistencia cuando el muchacho lo cogió. –Tranquilo, ya ha pasado todo. Yo te cuidaré-.

Antes de salir del callejón se aseguró que no hubiera ningún guardia. A un lado, al otro y, como si de un gato se tratase, avanzó sigiloso entre callejuelas hasta llegar a la verja de un viejo almacén abandonado. Había un agujero en la parte trasera, entró. Parecía conocer cada rincón de aquel lugar, sin apenas luz se deslizó escaleras abajo hacia lo que en algún día fuese, probablemente, una bodega. Pero ya no lo era, ahora era su hogar.

La estancia estaba en penumbra, iluminada por algún resquicio de luz que atravesaba una ventana, aún así se podían distinguir los grandes sacos, amontonados de cualquier manera, de arroz y patatas, nueces y peras.

El rey de los gatos (p.13-14)

El estado de su pequeño amigo le había tenido tan preocupado, que no advirtió que una sombra estaba acechando a sus espaldas desde hacía un buen rato. –Lo sabía, sabía que andabas detrás de esto- de nuevo, esa voz ronca le sobresaltó. –Eres un ladrón. Nos has robado la comida, pero ahora pagarás por todo-. El cura lo maldecía según se iba acercando con las manos extendidas, amenazantes. Un chasquido de madera detrás suyo lo paralizó, sintió un escalofrío y giró la cabeza. Cientos de ojos brillando en la oscuridad observaban cada movimiento del cura. En un desafortunado intento de escapar resbaló, abalanzándose decenas de furiosos animales encima sin dejarle reaccionar.

El rey de los gatos (p.15-16)

Hay historias que no hacen justicia a sus personajes, o sí. Sólo sé que lo último que escuchó la noche fue el maullido de victoria del rey de los gatos.

15 ene. 2008

Y la pena se fue...


"Con el anhelo dirigido hacia ti, yo estaba sólo en un rincón del café. Cuando de pronto oí unas alas batir, como si un peso comenzara a ceder. Se va, se va, se fue...
Tal vez fue algo de la puesta de sol o algún efecto secundario del té, pero lo cierto es que la pena voló y no importó ya nisiquiera porqué. Se va, se va, se fue..."

Se va, se va, se fue. Jorge Drexler.

Tinta y Photoshop.

Seis maneras de evasión mental


Salgo una y otra vez de mi cabeza. En realidad mucho menos de lo que lo necesito. No escapo, no estoy huyendo de mis responsabilidades, o quizás sí... Aunque, tarde o temprano, siempre acabo volviendo.

Esther Winch


Esther Winch, otro estudio de personaje, para el proyecto La Orden del Plenilunio.

Lápiz y Photoshop.

Frankenstein


Esta es una versión de Frankenstein para otro proyecto con mi hermano (seguramente el enésimo...). Tiene un rollito al de Kenneth Branagh, pero ya me está bien...

Lápiz y Photoshop.